Los enfrentamientos entre el Estado y distintos grupos
Los empeños de quienes fueron desaparecidos estuvieron centrados en promover propósitos específicos, que más o menos apuntaban a la transformación de las condiciones de existencia, apoyaron un programa político que buscó la equidad en la distribución de la riqueza mediante el combate al Estado burgués y al oportunismo de cualquier tipo.
Por ello, cuando se reclama su presentación mediante ciertas prácticas, que son contrarias a los programas políticos en los que militaron, ocurre que se subvierten las luchas que defendieron.
Si en el pasado el Estado los acusó de enemigos del orden social y hoy se habla de ellos como personajes que debiera reaparecer para subsanar una carencia y necesidad social –un maestro, un veterinario, una investigadora–, no puede pensarse más que en la existencia de un desvío y contradicción que deriva en una subversión de la figura del desaparecido y con ello, un acto desviante en las prácticas que buscan la transformación social.
Entre la militancia que busca la presentación de desaparecidos existe poco interés por realizar análisis donde discutan su propia actuación sobre la lucha que dicen defender.
Elaboran un modo de operar para evadir el debate, condenan casi de manera pavloviana a aquellos de los que se sospecha buscan desviar su lucha, como si la claridad y la superioridad en la argumentación les asistiera e insisten en seleccionar aquellos pasajes de la historia de sus desaparecidos para fortalecer la tesis de que fueron víctimas de un Estado “terrorista”. Finalmente, no se atreven a reconocer que emplean estrategias propagandísticas que apuntan a deformar las luchas de sus familiares y que fue motivo suficiente para que el Estado los desapareciera, su actuación deriva en sugerir elaboradas imágenes de “buenos ciudadanos” que fueron avasallados por un poder incapaz de comprender.
El crítico del Estado mexicano, el estratega, el que dijo haber realizado expropiaciones en nombre del pueblo, el que soñó con un país donde el interés por terminar con la desigualdad fuera el eje rector que moviera las acciones del poder, el que aspiraba a ser voz de los sin voz, el que imaginó que el oportunismo y los oportunistas eran derrotados, el que empuñó las armas, el que entregó su existencia y su fuerza para recomponer un mundo considerado terriblemente injusto, el estudioso de la realidad, el que permanentemente se refería a Carlos Marx y al marxismo para comprender la realidad, se disuelve como si se quisiera ocultar bajo la consigna “al país le hace falta un médico…”.
Aunque la expresión sintomática del desdibujamiento es la consigna y la relación filial de los militantes con el desaparecido, no es ahí donde se reproduce la subversión de la lucha encarnada en la guerra contra el Estado, sino en las existencias que se han derivado.
Nos referimos al tipo de grupos que se han conformado en torno a la desaparición, la irrupción de la categoría sociológica de secta queda achicada, en la medida que el carácter ritual se impone. Un lenguaje reducido a las consignas como condición para ensombrecer lo importante y resaltar lo accesorio, un conjunto de rituales para domeñar la protesta social, un sesgo aristocrático para minimizar el olor a pueblo en las acciones y un modo de relacionarse que hace imposible e impensable reconocer en su actuación la lucha en la que participaron los desaparecidos.

Silencio y complicidad
Un desvío que dificulta la comprensión y aprehensión de los participantes en la lucha social armada de los desaparecidos son los silencios en torno a ellos. Al parecer el propósito es la enunciación de lo narrable, pero se desliza la idea de la existencia de narraciones inconfesables por el carácter siniestro que les circunda.
Son historias de guerra, de enfrentamientos, donde lo que está en juego es la vida misma, historias donde se dieron actos sangrientos que por su naturaleza al parecer “es mejor mantener silenciadas”.
Así, el rumor de encuentros y acuerdos, ajusticiamientos, negociaciones en la penumbra, entre otras acciones resultan inconfesables, lo que deriva en una red implícita de complicidad que no permite recorrer el velo que las oculta.
Silencio y complicidad son condicionantes que se imponen a quienes pretenden actos comprensivos de lo acontecido. Por ello, cualquier movimiento entre quienes poseen la información sobre la naturaleza de la lucha que emprendieron los combatientes y las derivas a las que ha dado lugar, lleva impuesto un código no escrito, sino exigido por la vía de la lealtad y complicidad, para darle un tratamiento especifico a narraciones que tienen que ver con el retiro discreto a la vida civil de víctimas no reconocidas por ser afectadas desde las mismas organizaciones que dicen defenderles, mutismo impuesto para preservar imágenes de conveniencia, para el Estado y las mismas organizaciones, impunidad para unos, c

astigo para otros, linchamiento moral a unos, reconocimiento público a otros.
La consigna de no hablar silencia la condición trágica de víctimas condenadas a permanecer invisibles por las lógicas seguidas, lo que es, sin dudarlo, una contradicción trágica si se acepta que eran parte de un programa que les incluía en las luchas de las organizaciones armadas.
Así, el silencio que se impone hoy, subvierte hasta la traición el sentido de la lucha que emprendieron los desaparecidos armados, en la medida que se desvanece la posibilidad de elaborar acciones que apunten al replanteamiento de proyectos sociales que insistan en la equidad y el combate al oportunismo, asunto que parece imposible desde las prácticas que han desarrollado los sobrevivientes.
Promover el silencio sobre lo acontecido no puede ser entendido al margen de la complicidad que promueven quienes buscan deformar la imagen de los desaparecidos, presentándolos no como guerrilleros sino como personas que se dedicaban a un oficio o profesión y que fueron afectadas por el Estado.
Esta deformación, tiene nombre: subversión de la lucha de los desaparecidos que dicen defender. Su efecto es el beneficio de aquellos que con sus acciones domestican la imagen de quienes se involucraron en la guerra de los 70’s, la mutación de su carácter rebelde a ciudadanos que “nos hacen falta a todos” transforma el proyecto en el que participaron empuñando las armas, las relaciones que construyeron con diversos grupos sociales, los acuerdos entre ellos y las ganas de transformar el mundo que les tocó vivir en un campo de oportunistas, que con sus acciones y palabras terminan fortaleciendo aquello que dicen combatir.
De los combatientes que participaron en distintos grupos guerrilleros y que ahora transitan por la vida civil queda pendiente el análisis del proceso que cada uno de ellos siguió, entre lo que fue y lo que ahora es.
Al momento, lo que se tiene es una crítica montada en dispositivos complejos que se manifiestan de distinto modo, la que se elabora a partir del tipo de relaciones que han construido entre ellos mismos, la que han configurado a partir las relaciones con los hijos de desaparecidos y excombatientes y la que han logrado edificar con las organizaciones de familiares. Las tareas que exige este ejercicio analítico demandan pensar las condicionantes que no pocos de ellos anteponen: complicidad, silencio y reproducción de sus posiciones ideológicas.





