En el fondo... estamos peor
Autor: Diego V. Lucero Estrada*
Con los 45 años transcurridos desde el asalto al cuartel Madera se vuelve necesaria una reflexión de lo que aportó a nuestra sociedad ese movimiento guerrillero en sus diferentes etapas, grupos e ideologías.
Pero mal haría yo en intentar discutir a fondo algo que comenzó a ocurrir cuando faltaban dos años para que saliera del vientre de mi madre. Esa debe ser tarea de quienes la sufrieron, vivieron, a veces --¿porqué no?, la gozaron— y hoy cuenten con autoridad moral ganada a pulso y con los conocimientos teóricos para desmenuzarla.
Lo que sí creo que valdría la pena es dar mi testimonio sobre lo que ha significado para todos aquellos a quienes nos cambió la vida, de manera sustancial y nos transformó, violenta e irremediablemente, en personas muy diferentes a las que hubiéramos sido con nuestros padres, madres, hijas, hijos, hermanas o hermanos –según sea el caso—, a nuestro lado, con su presencia, valor, experiencia e inteligencia para guiarnos y darnos esa perspectiva de lo que realmente vale la pena de pasar por este mundo.
También creo que es válido dejar constancia de cómo veo el México que nos ha tocado vivir, de cómo lo hemos visto transformarse, sin cambiar en lo que, esencialmente, sería importante que lo hiciera.
A quienes somos hijos de todos aquellos que brindaron su esfuerzo, capacidad, idealismo, dolor, su vida, por cambiar la realidad social que padecía la mayoría de la población en aquella época, nos rebasan emociones, análisis y pensamientos contradictorios, que comenzaron a volvernos adultos desde el momento en que nos enteramos que nuestros padres o madres fueron sentenciados sin juicios y ejecutados o desaparecidos por “nadie”, por un sistema en el que la impunidad y abuso de poder eran la moneda de cambio, destinada a pagar a quienes se resistieron a ceder ante los que siempre han sostenido que “todo mundo tiene un precio, pero no lo conoce”, “no son más que una bola de pendejos”, “el que no transa no avanza” o “autoridad que no abusa, se desprestigia”.
Ejemplo de vida
Evidentemente, hemos extrañado a nuestros padres, no importa si nos acordamos o no de ellos, si pudieron estar con nosotros algunos días, semanas, meses o años. El ejemplo de sus vidas y muertes es mucho mayor, definitorio y trascendente en nuestra manera de existir, de ver la vida, que cualquier choro de un padre que sólo habla, pero que no predica con el ejemplo.
En el Oriente se dice que hay que conocer a la gente por lo que hace, no por lo que dice. Por eso, en muchos países orientales el cariño o amor se demuestra con hechos, no con abrazos y frases efusivas, pero vacías.
Traído al coloquial mexicano podríamos escribir que “de lengua me como un taco” y a nuestros padres se les conoce por lo que hicieron, más que por lo que hubieran podido decir.
Más de una vez he escuchado a diferentes personas, con distintos niveles de cercanía o amistad, que dicen que el de nuestros padres fue un sacrificio absurdo, que no valió la pena, que nada dejó en nuestra sociedad, en nuestras personas, en quienes les rodeábamos.
Por supuesto que hubiéramos preferido tenerlos a nuestro lado hasta el día de hoy, pero ello hubiera implicado que ellos mismos se traicionaran, que dejaron de ser congruentes entre lo que decían y lo que hacían ¡No hubieran sido ellos!
En ese sentido, muchos oficialistas otorgan el crédito de la apertura democrática electoral que se dio a finales de los setenta a Jesús Reyes Heroles, entonces secretario de Gobernación en el sexenio de José López Portillo, sin aceptar que sin el sacrificio de todos aquellos que dieron su existencia y dolor, ese cambio no hubiera sido posible.
No fue una concesión, fue una apertura arrebatada a fuego y sangre. Es decir, sin todo lo que ocurrió durante esa guerra de baja intensidad que sufrió nuestro país ni siquiera tendríamos el México de hoy, que por cierto dista mucho de ser lo que nos quieren vender.
Hoy día, cualquier acto de heroísmo es visto como un acto de estupidez. Se le enseña a la población un estilo de vida que encumbra al materialismo y la fatuidad desde cualquier medio. El cine, la televisión, la radio, los medios impresos y hasta las nuevas tecnologías convencen a los chavos, y a los no tan chavos de hoy, que la vida es vida cuando se tiene el carro del año, la novia de portada de revista, el Rolex y el fin de semana en el antro de moda. ¡Si no tienes eso, nada tienes!
Capitalismo light
Pero por otro lado, el sistema económico que padecemos no brinda las oportunidades para alcanzar ese vacío estilo de vida, a no ser que perfecciones sofisticados niveles de lambisconería, sumisión y corrupción, combinados con el egoísmo indispensable para que te valgan madre quienes te rodean y logres colarte a los satélites gerenciales que orbitan alrededor de los dueños del país, para, entonces sí, poder exigir con despotismo y altanería a tus subordinados los mismos niveles de autodegradación que tuviste que mostrar para acceder a esos puestos de dirección.
El capitalismo que enfrentaron nuestros padres hace 30 o 40 años resultó ser muy light. Nada qué ver con esta barbarie que padecemos hoy. De alguna manera, la Revolución Cubana, la Unión Soviética y el bloque socialista en general, representaban una barrera intelectual contra los defensores a ultranza del capitalismo, por lo que procuraban un trato menos perverso hacia los obreros, comparado con el que hoy, sin descaro, ejercen con desprecio hacia las clases medias y bajas.
En México, con la llegada de Carlos Salinas de Gortari al poder y el matrimonio ideológico en el que unió al Partido Revolucionario Institucional y al Partido Acción Nacional, con Diego Fernández como testigo de honor, los gobiernos tecnócratas, desde el de Miguel de la Madrid, hasta el de “El presidente del empleo” (¡del narco!, porque no hay chamba de otra cosa) han procurado vender la idea de que el sistema de libre mercado es la única opción con que se pueden conseguir aceptables niveles de desarrollo y bienestar para la mayoría de la población.
Creen que, como en otros países, el ingreso se puede distribuir de manera justa, ubicando a grandes franjas de la población (70 u 80 por ciento) en una aceptable clase media, con niveles de vida dignos de aplaudirse.
Pero todos estos defensores de la libertad de mercado no entienden que cualquier clase de libertad, para ser tal, debe estar acompañada de “responsabilidad”,

Ratas contra ratas
Todo mundo nos atora, con o sin competencia; gobiernos o iniciativa privada se ponen de acuerdo y nos exprimen hasta el último centavo con tarifas o precios que en otros países ya hubieran detonado revueltas o movimientos sociales destinados a cambiar la realidad social de las mayorías.
En esos países, en los que el libre marcado funciona y de verdad distribuye de manera relativamente justa el ingreso, no se tienen las herencias culturales derivadas de la encomienda que tanto padecemos en las naciones de América Latina, heredadas de la colonia.
Esa convicción que los dueños del dinero aprendieron de sus padres, de que la gente pobre no sabe hacer algo por su cuenta, de que si es pobre es porque es floja, que no sabe trabajar o respetar las leyes, les lleva a la creencia de que si les pagan tres o cuatro mil pesos al mes, es porque se lo merecen.
No se sienten mal de tratar a sus empleados con la punta del pie, porque piensan que si fueran personas trabajadoras o capaces, seguramente no estarían donde están. Pero no quieren darse cuenta (o lo saben, pero son cínicos) de que, esas mismas personas, en cuanto cruzan la frontera norte reciben al menos, cinco o seis veces más salario por el mismo trabajo que desarrollan aquí.
Resulta indignante que, habiendo los recursos, se le niegue a la población en general un nivel más digno de vida. Es una ironía que todavía hoy en nuestro país, siga muriendo gente por altos niveles de desnutrición, es decir, hay gente que, literalmente, se “muere de hambre”, mientras tenemos también al hombre más rico del mundo.
En la época en que nuestros padres lucharon, sólo estaba escrito el nombre de un mexicano en las listas de los más ricos del mundo. Hoy son nueve.
Las cosas no deben seguir en este constante estado de degradación, porque cada vez permea más la exaltación del egoísmo, como si fuera una de las mayores virtudes humanas. Ello ha llevado, paulatinamente, a nuestro país a este estallido social disfrazado de narco, extorsión, secuestro, robo, vandalismo, etcétera.
Es decir, al estar tan roto y deteriorado el tejido social, la gente busca satisfactores vacíos y fáciles (aparentemente) de obtener. Decía mi padre que “cuando las ratas son muchas, se acaban comiendo unas a otras” y eso es lo que nos está pasando.
Pero no olvidemos que toda esta violencia directa, que se refleja en las diferentes expresiones del crimen organizado que mencionamos, es hija o consecuencia directa de la violencia indirecta, que ejercen, bajo el amparo de las leyes, del estado de derecho y de las instituciones, aquellos que mantienen con sueldos de hambre a más de 60 millones de mexicanos, aquellos que presumen el “haiga sido, como haiga sido… gané”, aquellos que engrosan sus cuentas bancarias a costa del erario (y que les permite comprar departamentos de 25 millones de pesos en Polanco), aquellos que entregan bienes de la nación en el sector de las telecomunicaciones a precios de risa y que también permiten que mueran 49 niños en la Guardería ABC en Sonora, sin que exista algún culpable.
También los que provocan la violencia indirecta son aquellos que compran empresas para desmantelarlas, quedarse con su capital y culpar a los sindicatos, obreros o contratos colectivos de todos los males, aquellos que presumen relojes de cientos de miles de pesos, pero que sólo son representantes sindicales, que de refilón mantienen los niveles educativos en México con calificaciones que dan vergüenza, en fin a todos aquellos delincuentes de cuello blanco que operan bajo el putrefacto sistema imperante, que en realidad no ha cambiado.
Sólo ha cambiado la forma, en el fondo estamos peor.
* Integrante del Consejo de Redacción del Periódico Madera. Hijo homónimo de uno de los fundadores de los grupos precursores del movimiento armado socialista en México, que fuera asesinado en 1972. Ingeniero.
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